Jane Eyre
Jane Eyre —En este momento de silencio, señorita Eyre, he estado arreglando las cuentas con el destino. Ha surgido allí, de repente, cerca de ese tronco, como una de las brujas que se aparecieron ante Macbeth en el bosque de Forres. «¿Amas a Thornfield?», me ha preguntado, señalando la casa con el dedo. Entonces ha dibujado en el aire unos jeroglíficos pavorosos por toda la fachada, entre las dos filas de ventanas. «¡Ámalo si puedes! ¡Ámalo si puedes!»
»“Lo amo”, le he dicho, “me atrevo a amarlo.” Y —añadió con rabia— mantendré mi palabra. Derribaré las barreras que me separan de la felicidad y la bondad: sí, de la bondad, puesto que desearía ser un hombre mejor de lo que he sido, de lo que soy ahora. Exactamente igual que el leviatán de Job rompió la lanza, la flecha y la coraza, los obstáculos que para otros son de hierro y cobre para mí no serán más que paja y madera podrida.
En este momento Adèle corrió hacia él con el aro en la mano.
—¡Lárgate! —gritó él con dureza—. ¡Manténte a distancia o vete con Sophie!
Como proseguimos el paseo en silencio, me arriesgué a recordarle el punto del relato donde se produjo la brusca interrupción.
—¿Siguió usted en el balcón, señor, cuando entró mademoiselle Varens?