Jane Eyre
Jane Eyre »Me gusta el día que hace: me gusta este cielo de plomo, me gusta la quietud y la solemnidad del mundo bajo la escarcha. Me gusta Thornfield, su antigüedad, la soledad que se respira, los espinos y los nidos de grajos, la fachada gris y las ventanas oscuras que se alinean reflejando el cielo metálico; y, en cambio, ¡cuánto tiempo he pasado aborreciéndolo, deseando olvidar su existencia como si se tratara de un gran caserón maldito! ¡Cómo odio aún…!
Apretó los dientes y permaneció en silencio. Se detuvo y clavó en el suelo la suela de su bota, como si algún odioso pensamiento se hubiera adueñado de su voluntad y le impidiera avanzar.
Íbamos subiendo la avenida de cara a la casa. Levantando la vista hacia las almenas, les dirigió una mirada que yo nunca había visto antes, ni volví a ver después. Dolor, vergüenza, ira, impaciencia, asco y aborrecimiento… todas estas emociones parecieron mantener una lucha denodada en sus pupilas, dilatadas bajo las cejas de ébano. Fue una lucha salvaje en pos de la victoria, pero otro sentimiento surgió triunfante y acabó la contienda: una mezcla de dureza y cinismo, testarudez y decisión, calmó la pasión y petrificó su rostro. Entonces prosiguió: