Jane Eyre
Jane Eyre —¡Oh, me había olvidado de Céline! Bien, seré breve. Cuando vi que mi hechicera venía acompañada de un caballero, casi pude oír el zumbido de la verde serpiente de los celos que reptaba con sinuosos movimientos desde el balcón, penetraba bajo mi abrigo y ascendía en dirección a mi corazón. ¡Qué extraño! —exclamó de repente, lanzándose a una nueva y repentina disgresión—. Es extraño que la haya elegido a usted para ser la confidente de toda esta historia, y más extraño aún es que me escuche con ese aire grave, como si fuera lo más normal del mundo que un hombre como yo narre sus lances amorosos con una bailarina a una chica inexperta y seria como usted. Pero este último hecho singular explica el primero, como ya le confié la otra noche: usted, con su aire de seriedad, educación y cautela ha sido creada para convertirse en depositaria de múltiples confidencias. Además, soy consciente de la mente que he puesto en contacto con la mía, sé que no es susceptible de contagiarse de ninguna infección, es una mente única. Felizmente tampoco albergo ningún deseo de dañarla, pero aunque lo tuviera, a usted no la afectaría para nada. Cuanto más conversemos usted y yo, mejor, puesto que, aunque usted es inmune a mi influencia, yo no lo soy a su frescura.
Tras este discurso, continuó: