Jane Eyre

Jane Eyre

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—Sí, me quedé en el balcón. Pensé: vienen hacia sus aposentos, no hay duda; les prepararé una emboscada. Y, desde el exterior, corrí la cortina del ventanal, dejando el espacio suficiente como para poder observar lo que sucedía en la estancia; después ajusté la contraventana, dejando abierto un resquicio para oír sus arrullos amorosos. Volvía mi asiento justo cuando ellos entraban en la habitación. Clavé el ojo en la rendija: la doncella de Céline entró, encendió una lámpara, la dejó sobre la mesa y se retiró. Fue entonces cuando pude ver a la pareja con claridad: ambos se despojaron de las capas, y ahí estaba «la Varens», deslumbrante de satén y joyas (todas compradas por mí, por supuesto), y ahí estaba su acompañante, un individuo vestido con el uniforme de los oficiales, cuyo rostro no me era desconocido. Era un joven vizconde que solía frecuentar la vida social, un tipo vicioso y rastrero a quien nunca me había molestado en odiar, tal era el desprecio que despertaba en mí. Al reconocerlo la serpiente de los celos se partió en dos al instante, al mismo tiempo que se extinguía mi amor por Céline. Una mujer capaz de engañarme con un rival de esa calaña no merecía enojo, sino desprecio. Aunque no tanto como yo, que me había comportado como una estúpida marioneta.




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