Jane Eyre
Jane Eyre —En este caso, iré al grano. Abrí la ventana y me dirigí hacia ellos; liberé a Céline de mi protección, le ordené que abandonara la casa y le ofrecí una suma de dinero para que hiciera frente a los primeros gastos. Hice caso omiso a los gritos y lamentos de protesta, a las peticiones histéricas y las convulsiones, y concerté una cita con el vizconde en el bosque de Boulogne. A la mañana siguiente, tuve el placer de batirme con él: le dejé de recuerdo una bala en uno de esos débiles brazos, frágiles como las patas de una gallina, y di por zanjado el asunto. Pero, desgraciadamente, hacía seis meses que la Varens había dado a luz a esta niña, Adèle, asegurando que era hija mía. Quizá lo sea, aunque debo decir que no advierto en ella el menor rastro que confirme mi paternidad. Incluso Pilot guarda más parecido conmigo que esa cría. Unos años después de nuestra ruptura, Céline abandonó a su hija y huyó a Italia con un cantante o un músico. No me sentía en absoluto obligado a cuidar de Adèle, ni entonces ni ahora, porque no creo que sea su padre, pero al enterarme de que vivía en la indigencia decidí arrancarla del fango de París y trasplantarla aquí, en la fértil tierra que caracteriza a los jardines británicos, para que creciera sana. La señora Fairfax la contrató a usted para educarla, pero ahora que sabe que no es más que el fruto ilegítimo de una bailarina francesa, tal vez cambie de opinión acerca de su puesto y de su alumna. Ahora no tardará en venir ante mí con la noticia de que ha encontrado otra casa y ya podré ir buscando a otra institutriz. ¿O no?