Jane Eyre
Jane Eyre —Hará usted muy bien —respondió—. Este vecindario es de los más tranquilos que conozco y nunca se han oÃdo por aquà historias de ladrones, pese a que todo el mundo sabe que la plata del aparador vale cientos de libras. Además, a pesar de ser una casa grande, el servicio es escaso, debido principalmente a las frecuentes ausencias del señor y a que, siendo soltero, no requiere demasiado personal. Pero yo siempre me inclino por pecar de prudente: no cuesta nada correr el cerrojo, y siempre es mejor que haya una puerta cerrada entre una y cualquier peligro que pueda acecharla. Mucha gente prefiere confiar sus vidas a la Providencia, señorita, pero lo que yo digo es que la Providencia no prescinde de los medios, sino que a menudo los bendice cuando se usan con inteligencia.
Asà puso fin al discurso, que por otro lado habÃa sido de una longitud sorprendente para una persona de tan pocas palabras, y se hundió después en un silencio tan solemne como el de un pastor cuáquero.
TodavÃa no me habÃa recuperado de la perplejidad que despertaron en mà su milagroso autocontrol y su tremenda hipocresÃa cuando la cocinera entró en la habitación.
—Señora Poole —dijo, dirigiéndose a Grace—, la comida de los criados pronto estará lista. ¿Bajará a comer con nosotros?