Jane Eyre
Jane Eyre —¿Le ha contado al señor que oyó esa risa? —preguntó.
—No he tenido oportunidad de hablar con él esta mañana.
—¿No se le ocurrió abrir la puerta de su habitación y asomarse al corredor? —siguió preguntando.
Parecía un interrogatorio; intentaba sonsacarme sin que yo me diera cuenta. Esa idea me hizo pensar de repente que, si dejaba traslucir mis sospechas, podría convertirme en la siguiente víctima de sus bromas macabras. Decidí, por lo tanto, proceder con cautela.
—Al contrario —contesté—. Cerré la puerta con llave.
—¿Es que no suele cerrar su puerta con llave antes de acostarse?
«¡Diablos! ¡Quiere conocer mis costumbres y así poder trazar sus planes!» La indignación pudo más que la prudencia y respondí en tono cortante:
—A menudo olvidaba hacerlo. La verdad es que nunca creí que fuera necesario, ni temí que nada malo pudiera sucederme en el interior de Thornfield Hall. No obstante, en el futuro —y enfaticé cuanto pude estas tres palabras—, me aseguraré de hacerlo antes de meterme en la cama.