Jane Eyre
Jane Eyre —Rica y delicada a la vez. Cantó de maravilla y fue un placer escucharla. Después tocó el piano. No es que yo entienda mucho de música, pero el señor Rochester es todo un experto y le oà alabar efusivamente la interpretación de la joven.
—¿Y esta bella y capacitada dama aún no se ha casado?
—Pues no. Me temo que ni ella ni su hermana poseen una gran fortuna. Las propiedades del viejo lord Ingram estaban vinculadas, y el hijo menor se quedó prácticamente con todo.
—Pero me extraña que ningún noble o rico caballero se haya prendado de ella. El señor Rochester, por ejemplo. Él es rico, ¿no?
—Oh, sÃ. Pero la diferencia de edad entre ambos es considerable: el señor ronda los cuarenta y ella no tendrá más de veinticinco.
—¿Qué tiene que ver? Enlaces más desiguales se conciertan todos los dÃas.
—Eso es cierto, aunque no creo que el señor Rochester piense en ese tipo de cosas… Pero no ha comido casi nada, señorita Eyre, apenas ha probado bocado desde que servimos el té.
—Tengo demasiada sed para comer. ¿Me permite que tome otra taza?