Jane Eyre
Jane Eyre «Tú —me dije—, ¿la favorita del señor Rochester? ¿Tú creíste poseer el don de agradarle? ¿Tú pensaste que tenías alguna importancia para él? ¡Dios! Tanta estupidez me pone enferma: has confundido el placer con unas simples muestras de cortesía, muestras equívocas procedentes de un caballero, un hombre de mundo, hacia una criada inexperta. ¿Cómo te has atrevido a pensarlo? ¡Pobre idiota! ¿Ni siquiera el egoísmo te hizo ser más lista? Esta mañana te repetías la escena que tuvo lugar la noche pasada. ¡Deberías avergonzarte de ti misma! Él elogió tus ojos, ¿recuerdas, tonta? Pues ábrelos bien y observa tu propia falta de sentido común. No hace ningún bien a una mujer el ser adulada por su superior, que nunca llegará a casarse con ella, y es una locura dejar que la llama de un amor secreto prenda entre ellos ya que, si se mantiene oculto sin poder expresarse, este sentimiento acaba devorando la vida de quien lo alimenta, y en el caso de que sea descubierto y correspondido, conduce inexorablemente a un lodazal del que es imposible salir.
»Así que escucha tu sentencia, Jane Eyre: mañana, te pondrás delante de un espejo y copiarás fielmente lo que veas en él, sin omitir ningún trazo irregular ni suavizar un solo defecto, y luego escribirás estas palabras debajo: “Retrato de una pobre institutriz, ridícula, boba y carente de gracia”.