Jane Eyre
Jane Eyre »Luego busca un pedazo de papel en tu caja de pintura; coge la paleta y prepara en ella los colores más frescos y bellos; elige los lápices más delicados y úsalos para dibujar el rostro más hermoso que puedas imaginar. Píntalo usando los matices más suaves, teniendo en mente la descripción que la señora Fairfax hizo de Blanche Ingram: sus cabellos como el ébano, sus ojos rasgados… ¡Alto! ¡Sin lloriqueos, ni sentimentalismos! ¡Fuera lamentaciones! Solo voy a permitirte sensatez y decisión. Recuerda sus armoniosos y augustos rasgos, la perfección griega de su cuello y de su talle, muestra en el dibujo el brazo redondo y bien formado y la delicada forma de las manos; omite el anillo de diamantes y el brazalete de oro, limítate a retratar su atuendo, de encaje fino y brillante satén, la gracia del pañuelo y la rosa dorada que llevaba en el pelo. Llámalo: “Blanche, retrato de una dama de alta cuna”.
»Cuando, en el futuro, pienses que el señor Rochester siente algún aprecio por ti, saca estos dos dibujos y compáralos. Te dirás a ti misma: “Un señor que podría ganarse el corazón de esta noble dama si se lo propusiera, ¿dedicaría uno solo de sus pensamientos a esta plebeya miserable e insignificante?”
Decidí que cumpliría la condena y, algo más calmada después de haber tomado esta determinación, me dormí.