Jane Eyre
Jane Eyre Mantuve mi palabra. Un par de horas fueron suficientes para esbozar a lápiz mi autorretrato, y necesité casi dos semanas para completar la supuesta imagen de Blanche Ingram. Su rostro era suficientemente hermoso, y cuando lo comparaba con el otro, el contraste era tan grande como mi conciencia podía desear. La tarea me reportó más de un beneficio: mantuvo ocupadas mi cabeza y mis manos, y aumentó la fuerza y la consistencia de las nuevas impresiones que yo quería grabar en mi corazón de forma indeleble.
Incluso ahora tengo razones para felicitarme por la disciplina a la que sometí a mis sentimientos; gracias a ella fui capaz de enfrentarme a lo que sucedió después con una serenidad que habría sido incapaz de fingir, ni siquiera exteriormente, si el futuro me hubiese pillado desprevenida.