Jane Eyre

Jane Eyre

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Tal como había predicho, los tres días siguientes fueron bastante agotadores. Aunque yo siempre había creído que todas las habitaciones de Thornfield estaban limpias y bellamente dispuestas, al parecer me equivocaba. Se hizo venir a tres mujeres para que colaboraran en las tareas domésticas, y yo nunca vi, ni antes ni después, una limpieza más a fondo que esa: se barrieron las habitaciones, se cepillaron las cortinas, se sacudieron y lavaron las alfombras, los cuadros fueron descolgados y luego vueltos a colocar en su sitio, los cristales fueron abrillantados, se encendieron fuegos en todos los dormitorios de la casa, se airearon las sábanas, y se mulleron los colchones y las almohadas de plumas. Adèle corría de un lado a otro: los preparativos para recibir a los invitados parecían sumirla en un estado de éxtasis. Hizo que Sophie se ocupara de toda su toilette, como ella llamaba a su vestuario, que guardara todo lo que estuviera passée, y que lavara y planchara lo nuevo. En cuanto a ella, se limitó a juguetear por todas las habitaciones, saltar por las camas y tumbarse sobre las montañas de colchones y cojines que se acumulaban frente a los enormes fuegos de las chimeneas. Había quedado exonerada de toda obligación escolar, ya que la señora Fairfax me había puesto a su servicio y yo me pasaba el día en la despensa, ayudándolas (o quizá sería mejor decir estorbando) a ella y a la cocinera en el arte de hacer crema, hornear pasteles de queso y repostería francesa, atar la caza y aderezar los platos de postre.


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