Jane Eyre

Jane Eyre

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La llegada del grupo estaba prevista para el jueves por la tarde, alrededor de las seis. Mientras duraron los preparativos no dispuse de tiempo para alimentar fantasías de ningún tipo, y creo que me mostré tan alegre y activa como todos, aunque sin llegar al frenesí que embargaba a Adèle. Sin embargo, en ocasiones me asaltaba un sobresalto desalentador que volvía a hundirme en la región de las dudas, los malos presagios y las más tenebrosas conjeturas: dicha sensación de angustia me atenazaba siempre que se abría la puerta de la escalera que conducía al tercer piso (que se había mantenido cerrada con llave en los últimos tiempos) para dar paso a Grace Poole, siempre con su cofia, el delantal blanco y el pañuelo; cuando la veía deslizarse por el corredor, dejando en el aire el eco del roce de sus zapatillas contra el suelo, para observar el bullicioso desorden de los dormitorios y dirigirse a las señoras que limpiaban, dándoles consejos sobre cómo sacar brillo a los metales, limpiar la repisa de mármol de la chimenea o quitar las manchas del papel que cubría las paredes. Luego se marchaba. Esos días, bajaba a la cocina una vez al día, comía, se fumaba una pipa frente al fuego, y volvía a su solitaria guarida del piso superior provista de una jarra de cerveza negra. Pasaba solo una hora en compañía de los demás sirvientes, las veintitrés restantes transcurrían en esa habitación de techo bajo y muebles de roble situada en el tercer piso. Allí se sentaba y cosía —y probablemente se reía a carcajadas—, tan aislada como un prisionero en su calabozo.


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