Jane Eyre
Jane Eyre Lo más curioso de todo era que nadie, excepto yo, parecÃa extrañarse ante esos hábitos de conducta; nadie discutÃa la posición que ocupaba en la casa, ni se apiadaba de su soledad o de su aislamiento. Solo una vez pude oÃr parte de una charla que Leah mantenÃa con una de las mujeres que limpiaba, en la que Grace era el tema de conversación. La mujer respondÃa a algo que Leah le habÃa dicho, pero que yo no habÃa llegado a entender:
—Le pagan un buen sueldo, ¿verdad?
—Sà —dijo Leah—. ¡Ojalá el mÃo fuera igual! Y no es que tenga motivos de queja, no son nada tacaños aquà en Thornfield, pero no es ni una quinta parte del que cobra la señora Poole. Va al banco de Millcote una vez cada tres meses a guardar sus ahorros y no me extrañarÃa que tuviera el suficiente dinero como para vivir ociosa el resto de sus dÃas, pero supongo que se ha acostumbrado al lugar. Además, aún no ha cumplido los cuarenta, le queda fuerza y capacidad para esto y mucho más. Es demasiado joven para retirarse.
—Tengo la impresión de que es una mujer muy útil —comentó la otra.
—Bueno —enfatizó Leah—, sabe lo que tiene que hacer mejor que nadie. Y no todo el mundo querrÃa ocupar su puesto, ni siquiera a cambio de todo ese dinero.
—¡Eso seguro! —fue la respuesta—. Me pregunto si el señor…