Jane Eyre
Jane Eyre La mujer continuaba hablando, pero Leah se volvió; al percatarse de mi presencia dio un rápido codazo a su compañera.
—¿Ella no lo sabe? —murmuró la mujer.
Leah negó con la cabeza y ahí acabó la conversación. Lo único que yo había logrado deducir de todo aquello era que existía un misterio en Thornfield Hall, un secreto del cual yo había sido excluida a propósito.
Llegó el jueves. Todo el trabajo había quedado finalizado la tarde anterior: las alfombras ocupaban su lugar habitual, se habían sacado de los armarios las mejores sábanas y colchas; los tocadores estaban provistos de todo lo necesario, los muebles encerados y las habitaciones perfumadas por el aroma de las flores que adornaban los rincones. Tanto los aposentos como los salones presentaban un aspecto fresco y reluciente. También el vestíbulo había sufrido los embates domésticos: se había limpiado el gran reloj grabado, y tanto los escalones como la barandilla de la escalera relucían como si estuvieran hechos de cristal. En el comedor, la plata resplandecía desde la vitrina y algunas flores exóticas esparcían su fragancia por toda la sala.