Jane Eyre

Jane Eyre

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Por fin llegó la tarde. La señora Fairfax, encargada de recibir al grupo y conducir a las damas a sus aposentos, se vistió con su mejor traje de satén negro y se puso los guantes y el reloj de oro. También Adèle llevaba un vestido especial, aunque yo no creía que fuera presentada a los invitados, al menos el primer día. Sin embargo, para no decepcionarla, dejé que Sophie la ataviara con uno de sus trajes cortos de muselina. No tenía que preocuparme por mi apariencia; nadie me pediría que abandonara el refugio en que se había convertido para mí la sala de estudio, mi guarida frente a la agitación que se avecinaba.

Había sido un día de primavera templado y sereno, uno de aquellos días de finales de marzo o principios de abril en que el sol empieza a anunciar con su intenso brillo la llegada del verano. Aunque a esa hora ya se ponía, seguía sin hacer frío, así que me senté a trabajar en la sala de estudio con la ventana abierta.

—Se hace tarde —dijo la señora Fairfax, empezando a inquietarse—. Suerte que pedí la cena para una hora más tarde de la que mencionó el señor Rochester. Ahora ya son las seis pasadas. He enviado a John a la verja para que vea si hay alguien en el camino: se alcanza a distinguir un buen trecho en dirección a Millcote. —Se dirigió a la ventana—: ¡Aquí está John! ¿Alguna noticia?


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