Jane Eyre

Jane Eyre

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—Ya llegan, señora —respondió él—. Estarán aquí dentro de diez minutos.

Adèle voló hasta la ventana y yo la seguí, aunque tuve la precaución de quedarme a un lado, oculta tras la cortina, de modo que pudiera ver sin ser vista.

Los diez minutos se convirtieron en una eternidad, pero por fin llegó hasta nosotros el crujido de las ruedas: cuatro jinetes galopaban por la avenida, seguidos por dos carruajes descubiertos, rodeados por una estela de velos flotantes y plumas mecidas por el aire. Dos de los jinetes eran jóvenes y apuestos caballeros; el tercero era el señor Rochester, montado sobre su negro caballo Mesrour, con Pilot trotando frente a él, y el cuarto era una dama que cabalgaba a su lado: ambos encabezaban el grupo. La mujer llevaba un traje de color violeta que casi rozaba el suelo, y la brisa hacía ondear su velo transparente, permitiéndonos apreciar el brillo de unos rizos negros como el ébano.

—¡Es la señorita Ingram! —exclamó la señora Fairfax, antes de apresurarse a ocupar su puesto en la entrada.



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