Jane Eyre

Jane Eyre

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Y, abandonando mi refugio, descendí directamente a la cocina a través de la escalera posterior con la intención de pasar inadvertida. El lugar parecía una zona de guerra: las cacerolas bullían llenas de sopa de pescado, y la cocinera se inclinaba ante sus marmitas mostrando una agitación física y mental que parecía situarla al borde de la combustión espontánea. En la parte de los sirvientes, dos cocheros y tres lacayos de los caballeros estaban sentados junto al fuego; supuse que las doncellas estarían arriba, con las señoras. Los criados contratados en Millcote para la ocasión corrían de un lado a otro. En medio de ese caos, conseguí llegar hasta la despensa, donde me apoderé de una ración de pollo frío, pan, tartas, y un par de platos con sus cuchillos y tenedores respectivos. Con el botín en las manos, me batí en retirada. Estando ya en el corredor, justo cuando acababa de cerrar la puerta de atrás, un zumbido acelerado me avisó de que las damas estaban a punto de salir de sus aposentos. Y, puesto que no podía volver a la sala de estudio sin pasar por delante de dichas habitaciones, corriendo el riesgo de verme sorprendida con el cargamento de víveres, decidí quedarme quieta en un extremo del pasillo, ya que este, al carecer de ventanas, se hallaba a oscuras; de hecho estaba bastante oscuro: hacía rato que se había puesto el sol.



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