Jane Eyre
Jane Eyre Los ocupantes de las habitaciones salían uno tras otro. Caminaban alegres, con paso ligero, vestidos con trajes que destacaban sobre la noche. Se agruparon durante un momento al otro extremo del corredor, charlando con una suave vivacidad, y luego descendieron las escaleras, silenciosos como la niebla que envuelve las colinas. Nunca antes había presenciado a un grupo de personas de tal alcurnia y elegancia.
Encontré a Adèle espiando a través de la puerta de la sala de estudio que yo había dejado entreabierta.
—¡Qué damas tan hermosas! —exclamó en inglés—. Me encantaría verlas de cerca. ¿Usted cree que el señor Rochester nos llamará después de la cena?
—No lo creo. El señor Rochester tiene otras cosas de que preocuparse. No pienses en las damas esta noche; quizá las veas mañana. Aquí tienes la cena.