Jane Eyre
Jane Eyre Lo cierto es que Adèle estaba hambrienta, y se distrajo durante un rato con el pollo y las tartas. Suerte que se me ocurrió la idea de ir en busca del botín, porque de lo contrario, ni ella, ni yo, ni Sophie (con la que compartimos parte de nuestra cena) habríamos comido nada esa noche: el personal de la cocina estaba demasiado ocupado para acordarse de nosotras. No se sirvió el postre hasta después de las nueve, y a las diez los camareros seguían haciendo viajes a la cocina, cargados con bandejas y tazas de café. Permití que Adèle se acostara más tarde, ya que aseguró que el ruido de puertas y voces del comedor le impediría conciliar el sueño. Además, había añadido, tal vez llegara un aviso del señor Rochester y, si la encontraba desvestida, «alors quel dommage!».[17]