Jane Eyre
Jane Eyre Una vez finalizada su conversación con las Eshton, el señor Rochester observa el fuego, tan solo como ella frente a la mesa. Ella se dirige hacia él y se coloca al otro lado de la chimenea.
—Señor Rochester, creà entender que no le gustaban los niños.
—Y asà es.
—Entonces —dijo señalando a Adèle—, ¿qué fue lo que le indujo a hacerse cargo de una muñequita como esa? ¿De dónde la sacó?
—No la saqué de ningún sitio; alguien la puso bajo mi tutela.
—DeberÃa haberla enviado al colegio.
—No podrÃa permitÃrmelo: las escuelas son demasiado caras.
—Bien, supongo que tiene una institutriz. Me pareció ver a una persona con ella hace unos minutos. ¿Sigue aquÃ? ¡Oh, no! SÃ, ahà está, detrás de la cortina. Usted le paga, por supuesto. DirÃa que es igual de caro, quizá más, puesto que además debe mantenerlas a las dos.
Temà —¿o tal vez deberÃa decir esperé?— que esta alusión provocara que el señor Rochester mirara en mi dirección, y sin querer me sumergà aún más en la sombra, pero fue innecesario: él ni siquiera se volvió.