Jane Eyre

Jane Eyre

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—No lo había considerado desde este punto de vista —dijo en tono de marcada indiferencia, sin dejar de mirar al frente.

—¡Claro que no! Los hombres carecen por completo de sentido del ahorro. Debería preguntar a mamá lo que piensa de las institutrices. Mary y yo tuvimos al menos una docena: la mitad eran completamente odiosas y la otra mitad, absolutamente ridículas. En conjunto, sin excepción, eran una verdadera peste, ¿no es así, mamá?

—¿Me decías algo, cielo?

La joven y apreciada dama repitió la explicación y la pregunta.

—¡Querida, no saques ese tema! Su mera mención me pone nerviosa. Hay que ver el martirio que he tenido que soportar por culpa de su incompetencia y sus caprichos. ¡Doy gracias al cielo por haber pasado página a esa etapa de mi vida!

En este punto de la conversación la señora Dent se inclinó hacia la piadosa dama y le susurró algo al oído. Por la respuesta que originó deduje que se trataba de un aviso que indicaba la presencia en la misma habitación de un ejemplar de tan denostada raza.

—Tant pis![20] —exclamó su interlocutora—. ¡Quizá oírme le resulte provechoso!

Y después, en un tono de voz más bajo pero que aún me resultaba audible, prosiguió:


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