Jane Eyre
Jane Eyre —¿Y qué ha estado haciendo durante mi ausencia?
—Nada especial: dando clases a Adèle, como de costumbre.
—¿Pilló algún resfriado la noche que casi me ahoga?
—No, señor.
—Regrese al salón; es demasiado temprano para retirarse.
—Estoy cansada, señor.
Me miró durante un minuto.
—Y un poco deprimida —dijo—. ¿Por qué motivo? Cuénteme.
—Nada, no es nada, señor. No me siento deprimida.
—Pues yo afirmo lo contrario: tan deprimida que unas cuantas palabras más le llenarían los ojos de lágrimas. En realidad, ya asoman: brillan pugnando por salir. Una gota se le ha escapado y ha caído sobre la alfombra. Si dispusiera de tiempo, y no me asaltara el temor de que algún criado cotilla nos sorprendiera al pasar, me ocuparía de averiguar a qué viene todo esto. Bien, la disculpo por esta noche, pero comprenda que mientras dure la estancia de mis invitados espero verla aparecer en el salón cada tarde. Es mi expreso deseo, no lo olvide. Ahora, váyase y diga a Sophie que venga en busca de Adèle. Buenas noches, mi…