Jane Eyre
Jane Eyre «Ha llegado el momento de irse», pensé. Pero la voz que invadía el aire me detuvo. La señora Fairfax ya me había dicho que el señor Rochester poseía una hermosa voz, y era cierto: era un bajo grave y poderoso que se entregaba con pasión a la melodía, le aportaba su fuerza y su sentimiento, abriéndose paso hacia el corazón a través del oído y despertando en él extrañas sensaciones. Esperé hasta que se extinguió la última vibración; hasta que, un instante después, la marea de la charla ocupó el ambiente. Entonces abandoné mi refugio y salí a través de la puerta lateral, que por fortuna quedaba cerca. Un corredor estrecho me llevó al vestíbulo. Al cruzarlo, noté que llevaba la sandalia suelta y me arrodillé junto al borde de la escalera para abrocharla. Desde allí pude oír la puerta del comedor y los pasos de un caballero que se acercaban. Me incorporé con rapidez y topé cara a cara con él: era el señor Rochester.
—¿Cómo está? —preguntó.
—Muy bien, señor.
—¿Por qué no se acercó a hablar conmigo en el salón?
Pensé que bien podía devolverle exactamente la misma pregunta, pero no me atreví.
—El señor parecía ocupado y no quise molestarle —respondí en su lugar.