Jane Eyre

Jane Eyre

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—Empecemos, pues, por una canción de corsarios. Sepa que me fascinan los piratas, así que cántela «con spirito».

—Las órdenes que salen de los labios de la señorita Ingram infundirían ánimo a una taza llena de leche aguada.

—Entonces haga el favor de prestar atención: si su interpretación no me complace, le avergonzaré delante de todos mostrándole cómo deben hacerse las cosas.

—Acaba de ofrecer un premio al error; ahora me siento tentado a defraudarla.

—Gardez-vous en bien! Si erráis a propósito, os infligiré un castigo proporcional a vuestro fallo.

—La señorita Ingram debería mostrarse clemente, ya que tiene poder para imponer castigos que superan de largo la resistencia humana.

—¡Ja, ja! Explíquese —ordenó la dama.

—Disculpe, señora, pero mis palabras no necesitan explicación. La inteligencia que la caracteriza le indicará sin duda que un solo gesto de disgusto en su rostro sería un substituto eficaz de la pena capital.

—¡Cante! —dijo ella, y emprendió un enérgico acompañamiento al piano.


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