Jane Eyre

Jane Eyre

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—¡Estoy tan harta de los jóvenes de hoy! —exclamó, mientras sus dedos se deslizaban sobre las teclas—. ¡No son más que tiernos corderitos, temerosos de poner un pie fuera de la puerta de casa a no ser que mamá les dé permiso para ello! Su única preocupación radica en la belleza de sus caras y el cuidado de sus blancas manos y de sus pequeños pies. ¡Como si el atractivo de un hombre tuviera algo que ver con la belleza! Como si el encanto no fuera prerrogativa de las mujeres, su aspiración legítima, su herencia… Creo que una mujer fea es una mancha en el hermoso rostro de la creación. Sin embargo, por lo que se refiere a los caballeros, es mejor que se preocupen por poseer virtudes como la fuerza y el valor. ¡Caza, dispara y lucha, puesto que el resto no tiene la menor importancia! Ese sería mi lema si yo fuera un hombre.

»Si algún día me caso —continuó, tras hacer una pausa que nadie interrumpió—, estoy decidida a ver a mi esposo no como a un rival, sino como a un contraste. No voy a soportar a nadie que compita por el trono, sino que exigiré una entrega total: su devoción no podrá dividirse entre mi persona y la imagen que le devuelve el espejo. Y ahora cante, señor Rochester; yo le acompañaré al piano.

—Como desee —fue la respuesta de este.


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