Jane Eyre

Jane Eyre

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—¡Olvidemos a ese Rizzio! —gritó ella, sacudiendo los rizos con decisión al tiempo que caminaba hacia el piano—. Creo que el violinista David Rizzio debió de ser un individuo increíblemente soso. Prefiero mil veces a Bothwell. Para mí, ningún hombre resulta interesante si no hay en él un punto de perversidad. La historia dirá lo que quiera de James Hepburn, pero intuyo que era uno de esos hombres salvajes y fieros, un bandido heroico a quien habría concedido mi mano sin dudarlo.

—¡Caballeros, escuchen a la dama! ¿Cuál de ustedes se parece más a Bothwell? —exclamó el señor Rochester.

—Debo reconocer que usted es el más parecido a él —respondió el coronel Dent.

—Vuestra respuesta me honra, coronel —le respondió el señor Rochester.

La señorita Ingram, ya sentada frente al piano con porte altivo, la nívea falda cayendo desde el asiento en amplios y majestuosos pliegues, inició un brillante preludio sin dejar de hablar. Aquella noche, su belleza estaba más radiante que nunca, y la elección de las palabras y el tono en que las pronunciaba obedecían a un deseo de seducir a su auditorio. Era evidente que intentaba escandalizarlos adoptando una conducta impulsiva y algo atrevida.


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