Jane Eyre

Jane Eyre

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Amy Eshton, que o bien no había oído la conclusión o prefirió hacer caso omiso de ella, prosiguió con su tono de voz suave e infantil:

—Louisa y yo también solíamos reírnos de nuestra institutriz, pero ella era tan buena que lo aguantaba todo. No había forma de ponerla nerviosa. Nunca se enfadaba con nosotras, ¿no es cierto, Louisa?

—No, nunca. Podíamos hacerle lo que quisiéramos: registrar su pupitre y su cesta de costura, o revolver los cajones de su cómoda. ¡Era tan bondadosa que nos concedía todo lo que le pedíamos!

—Supongo que ahora —intervino la señorita Ingram arqueando los labios sarcásticamente— tendremos que escuchar un alud de recuerdos relativos a todas las institutrices existentes. Con el fin de evitar tal enumeración, reitero mi petición de pasar a un nuevo tema. Señor Rochester, ¿secunda mi moción?

—Señorita, os secundo en esto, como en todo.

—Entonces encarguémonos de llevarla a buen puerto. Signior Eduardo, ¿andáis bien de voz esta noche?

—Donna Bianca, mi voz está siempre a sus órdenes.

—Entonces, signior, mi real mandato os invoca a preparar los pulmones y otros órganos vocales, y a ponerlos a mi servicio.

—¿Quién no sería el Rizzio de una María tan divina?


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