Jane Eyre

Jane Eyre

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—Así es. Y, Tedo, recuerda cómo te ayudé a acosar a tu tutor, el señor Vining; el aprendiz de cura, como solíamos llamarle. Él y la señorita Wilson se tomaron la libertad de enamorarse, o al menos eso creímos Tedo y yo. Les sorprendimos en pleno intercambio de miradas tiernas y de suspiros, que enseguida interpretamos como signos de una belle passion. Os prometo que tardamos poco en hacer público nuestro descubrimiento: lo usamos como una palanca para sacarnos de encima a esos dos pesos muertos. Nuestra querida mamá, aquí presente, tomó medidas para frenar aquella conducta inmoral en cuanto tuvo noticias de ella. ¿No es así, señora madre?

—Por supuesto, cielo. E hice lo correcto. Las relaciones amorosas entre tutores e institutrices no deberían tolerarse en ninguna casa como es debido. En primer lugar…

—¡Mamá, ahórranos la lista completa, por favor! Además, todos la conocemos: es un mal ejemplo que puede corromper a unos niños inocentes; supone una distracción de sus obligaciones y una alianza mutua contra sus señores, que da como resultado un atrevimiento rayano en la insolencia susceptible de desatar un motín entre el servicio. En resumen, un absoluto desastre. ¿No tengo razón, baronesa Ingram de Ingram Park?

—Mi querida flor, tú siempre tienes razón.

—Entonces no hace falta añadir nada más. Cambiemos de tema.


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