Jane Eyre
Jane Eyre Ninguna de esas circunstancias conseguía enfriar o arrebatarme el amor que sentía por él, aunque sí lograban sumirme en la desesperación. Imaginarás, lector, que fueron muchas las razones susceptibles de engendrar en mí el sentimiento de los celos, si es que una mujer en mi posición podía siquiera permitirse el lujo de sentirse celosa de una dama como la señorita Ingram. Pero no era eso; la naturaleza del dolor que sentía no podía ser explicada por esa palabra. La señorita Ingram estaba fuera del alcance de ese sentimiento: era demasiado inferior para suscitar ese tipo de emociones. Perdonen lo que parece una paradoja: he dicho exactamente lo que quería decir. Blanche Ingram era brillante, pero no auténtica; poseía una bella figura y la adornaban otros muchos talentos, pero su cerebro era mediocre y su corazón yermo por naturaleza: nada podía florecer espontáneamente de aquella base estéril, y artificiales eran los frutos de esa supuesta frescura. No era buena, no era original: solía repetir citas grandilocuentes extraídas de libros, pero jamás ofrecía una opinión propia por la sencilla razón de que no las tenía. Invocaba sentimientos nobles y elevados, pero desconocía sensaciones como la compasión o la piedad. Jamás conoció la ternura ni la verdad. Y a menudo estos sentimientos la traicionaban, y se dejaba llevar, por ejemplo, por una antipatía absurda hacia la pequeña Adèle, apartándola con un insulto brusco si la niña se cruzaba en su camino: a veces incluso llegaba a echarla de la habitación y siempre la trataba con frialdad y acritud. Estas manifestaciones no eran solo evidentes ante mis ojos; también los del novio, el señor Rochester, la observaban de cerca. Sí: el futuro marido se mostraba atento a cualquier detalle, y era fruto de esa sagacidad, del absoluto reconocimiento de los defectos de la dama y de la obvia ausencia de pasión en los sentimientos que él abrigaba hacia ella, de donde surgía ese dolor que me torturaba sin cesar.