Jane Eyre
Jane Eyre Ya te he dicho, lector, que había aprendido a amar al señor Rochester, y ese sentimiento no podía morir solo porque él hubiera dejado de hacerme caso, porque nunca me mirara aunque estuviera en su presencia durante horas, o porque una gran dama se apropiara de todas sus atenciones. Una dama que no se dignaba ni a rozarme con el borde de su vestido al pasar a mi lado; una dama que cuando posaba por casualidad sus ojos sobre mí, apartaba la vista al instante, como si yo fuera un objeto demasiado miserable para merecer ni un segundo de su tiempo. No podía dejar de amarle aunque él estuviera a punto de casarse con esta señorita, aunque ella llevara escrita en el rostro la seguridad de conseguir sus propósitos, aunque yo fuera testigo mudo de un estilo de cortejo masculino que, pese a ser tosco y más tendente a seguir el juego que a provocarlo, era, en su misma indolencia, fascinante, y en el orgullo que dejaba entrever, irresistible.