Jane Eyre
Jane Eyre —Un salteador inglés es la mejor opción, una vez descartado el bandido italiano; y solo un pirata levantino les aventajarÃa a ambos.
—Bien, sea lo que sea, recuerde que es usted mi esposa; nos casamos delante de todos estos testigos hace apenas una hora. —Ella se rió y el rubor tiñó sus mejillas.
—Y ahora es vuestro turno, Dent —prosiguió el señor Rochester.
Y ocuparon los sitios que los otros dejaron libres para ir a preparar su actuación. La señorita Ingram se situó a la derecha del jefe de grupo y los otros miembros se sentaron en las sillas restantes. Yo no observé a los actores: no tenÃa el menor interés por lo que sucedÃa detrás de la cortina. Mi atención estaba puesta en los espectadores; mis ojos, antes fijos en el arco, estaban ahora irremisiblemente clavados en las sillas. No recuerdo qué charada representaron el coronel Dent y su equipo, ni qué palabra eligieron, ni cómo se disfrazaron; pero aún puedo ver la deliberación que siguió a cada una de las escenas: veo al señor Rochester volviéndose hacia la señorita Ingram, y a esta mirándole; la veo inclinar la cabeza hacia él hasta rozar su hombro con los rizos o acariciar con ellos su mejilla; oigo sus murmullos de complicidad y recuerdo las miradas que se intercambiaron, y todos los sentimientos que el espectáculo despertaba en mà me asaltan en este instante.