Jane Eyre

Jane Eyre

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En medio de este sórdido escenario se sentaba un hombre con las manos apoyadas en las rodillas y la cabeza inclinada hacia el suelo. Pese al rostro embadurnado de negro y al desorden de su atuendo (una de las mangas del abrigo colgaba por fuera del brazo como si hubiera sido rasgada durante una pelea), pese al semblante desesperado y sombrío y el cabello alborotado, reconocí en él al señor Rochester. Cuando se movió, se oyó el ruido metálico de una cadena: llevaba grilletes en los pies.

—¡La cárcel de Bridewell! —exclamó el coronel Dent, resolviendo el acertijo.

Los actores se tomaron el tiempo necesario para recuperar su aspecto habitual antes de entrar de nuevo en el comedor. El señor Rochester acompañaba del brazo a la señorita Ingram mientras ella elogiaba su actuación.

—¿Sabe —decía— que de los tres personajes me gustó mucho más en el último? ¡Oh, de haber vivido hace algunos años, estoy segura de que habría sido la perfecta estampa del bandolero galante!

—¿Tengo restos de hollín en la cara? —preguntó él, volviéndose hacia ella.

—Pues no, y no sabe cuánto lo lamento. Ese disfraz de salteador de caminos le sentaba muy bien.

—¿Le gustan a usted los salteadores callejeros?


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