Jane Eyre
Jane Eyre —¿Lo ves, Blanche, cielo? —empezó lady Ingram—. ¿Ves cómo no se puede ceder ante esa gente, ángel mÃo?
—Llévala a la biblioteca —atajó el «ángel»—. Tampoco a mà me apetece conocer el futuro que me aguarda delante de todo el rebaño; prefiero estar a solas con ella. ¿Está encendido el fuego de la biblioteca?
—SÃ, señora. Pero parece tan mugrienta…
—¡Cállate de una vez, imbécil! ¡Y haz lo que te digo!
Sam se esfumó de nuevo, y el misterio y la excitación crecieron al instante.
—Ya está lista —anunció el lacayo—. Desea saber quién será el primero.
—Creo que lo mejor será que le eche un vistazo antes de que vaya ninguna de las damas —dijo el coronel Dent—. Sam, dile que el primero en entrar será un caballero.
Sam se fue y regresó.
—La vieja dice, señor, que no recibirá a ningún caballero, asà que no hace falta que se molesten en ir. Ni tampoco —añadió, esforzándose por reprimir una sonrisa de burla— las damas, a no ser que sean jóvenes y solteras.
—¡Por Dios que tiene buen gusto! —exclamó Henry Lynn.