Jane Eyre
Jane Eyre —¿No significa nada para usted? Cuando una dama joven, rebosante de vida y de salud, dotada de belleza y de los dones que aportan el rango y la fortuna, se sienta y sonrÃe ante un caballero por quien usted…
—¿Yo qué?
—Ya sabe a qué me refiero, un señor de quien usted tiene una buena opinión.
—No conozco a los caballeros de la casa. Apenas he cruzado una palabra con ninguno. Y en cuanto a la opinión que me merecen, debo decir que creo que algunos son amables y respetables, aunque de mediana edad; y otros jóvenes, ingeniosos, guapos y alegres. Le juro que todos pueden recibir tantas sonrisas como deseen sin que eso me afecte lo más mÃnimo.
—¿No conoce a los caballeros de la casa? ¿No ha cruzado apenas palabra con ellos? ¿También dirÃa lo mismo del señor de la casa?
—No está en casa en este momento.
—¡Una observación muy aguda! ¡Un subterfugio de lo más ocurrente! Se fue a Millcote esta mañana y regresará esta misma noche o a primera hora de mañana. ¿Acaso esta circunstancia lo excluye de la lista de sus conocidos, borrándole, por asà decirlo, de su existencia?
—No, pero no veo qué relación tiene el señor Rochester con el tema que tratábamos.