Jane Eyre

Jane Eyre

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—Hablaba de damas que sonríen a los ojos de un caballero, y recientemente se han vertido tantas sonrisas en los ojos del señor Rochester que estos han quedado desbordados, como dos copas rebosantes de líquido. ¿No lo había notado?

—El señor Rochester tiene todo el derecho de disfrutar de la compañía de sus invitados.

—Nadie cuestiona ese derecho. Pero ¿no ha observado que, de todas las historias de matrimonio explicadas aquí, el señor Rochester se ha visto favorecido con la más vivaz e insistente?

—La ansiedad del oyente acelera la lengua de quien habla —dije, más para mí que para la gitana, cuya charla extraña, voz y maneras me envolvían como en una especie de sueño. De sus labios salían frases inesperadas, una tras otra, hasta conseguir enredarme en esa telaraña verbal. Me preguntaba qué espíritu invisible había estado sentado junto a mi corazón durante semanas, observando su funcionamiento y anotando fielmente todos y cada uno de sus latidos.

—¡La ansiedad del oyente! —repitió—. Sí, el señor Rochester se ha sentado durante horas, con la oreja puesta en esos labios seductores que se complacen en comunicarse con él, deseoso de recibir estas nuevas y aparentemente agradecido al pasatiempo que se le ofrecía. ¿No lo ha notado?


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