Jane Eyre
Jane Eyre —Sostenga la vela —dijo el señor Rochester, y eso hice.
Él llenó una palangana de agua y me dijo que la aguantara. Le obedecí. Cogió la esponja, la humedeció y la pasó por aquella faz cadavérica; me pidió el frasco de sales y se lo acercó a la nariz. Poco después, el señor Mason abrió los ojos y suspiró. El señor Rochester abrió la camisa del herido, que llevaba un vendaje alrededor del brazo y el hombro, y limpió la sangre que caía con movimientos rápidos.
—¿Es muy grave? —murmuró el señor Mason.
—No, no es más que un rasguño. ¡Anímate, hombre! ¡No seas gallina! Yo mismo iré a buscar a un cirujano: te trasladaremos por la mañana. Jane, espero…
—¿Señor?
—Me veo obligado a dejarla aquí con este caballero durante una hora, o quizá dos. Vaya limpiando su herida como hacía yo; si se marea, sírvale un poco de agua y acérquesela a los labios, o use las sales. Y tú, Richard, no hables con ella bajo ninguna circunstancia. Si abres la boca o haces el menor movimiento, no respondo de las consecuencias.