Jane Eyre
Jane Eyre Giró la llave y abrió la puerta.
Ante mà tenÃa una estancia que recordaba haber visto antes, el dÃa en que la señora Fairfax me enseñó la casa: las paredes estaban forradas de tela, pero, en un lado, parte del tejido habÃa sido levantado y dejaba ver una puerta que antes permaneciera oculta. Estaba abierta, y una luz centelleaba en el cuarto siguiente. De él salÃa un gruñido sordo y rabioso, que recordaba al de un perro salvaje. El señor Rochester dejó la vela, murmuró «espere un minuto», y se metió en ese cuartito interior. Una carcajada le dio la bienvenida, estridente al principio, y acabando con la risa de duende maligno de Grace Poole. Por tanto, era ella, estaba allÃ… Él hizo algo sin decir palabra, aunque hasta mà llegaba el murmullo de alguien que le hablaba. Salió, cerrando la puerta tras él.
—¡Acérquese, Jane! —ordenó.
Y caminé hacia el otro lado de una gran cama, que, junto con las cortinas que pendÃan de ella, ocupaba gran parte de la estancia. Junto a la cabecera del lecho habÃa una butaca en la que se sentaba un hombre vestido. Solo le faltaba el abrigo para que su atuendo fuera completo. Estaba inmóvil, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. A la luz de la vela, reconocà el rostro pálido y exangüe del extranjero, Mason. También vi que las sábanas y uno de sus brazos estaban empapados de sangre.