Jane Eyre

Jane Eyre

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Mis zapatillas eran tan ligeras que me permitían deslizarme por la alfombra con la suavidad de un gato. Me guió hasta el final del corredor y luego escaleras arriba, y se detuvo en el pasillo lóbrego y asfixiante del fatídico tercer piso. Durante todo este tiempo, me limité a caminar a su lado.

—¿Tiene una esponja en su habitación? —preguntó en un susurro.

—Sí, señor.

—¿Y sales?

—Sí.

—Vuelva a buscar ambas cosas.

Regresé, cogí la esponja del lavamanos y el frasco de sales del cajón, y recorrí de nuevo el mismo camino. Me aguardaba; en la mano tenía una llave y, acercándose a una de las puertecillas negras, la introdujo en la cerradura. Hizo una pausa y se dirigió de nuevo a mí:

—No se mareará al ver sangre, ¿verdad?

—Supongo que no, señor. Nunca me he visto en esa situación.

Sentí un estremecimiento al responderle; pero no era pánico, ni el aviso de un mareo.

—Deme la mano —dijo—. No puedo correr el riesgo de que se desmaye.

Puse mis dedos entre los suyos.

—Firmes y cálidos —observó.


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