Jane Eyre
Jane Eyre Pero, al parecer, me equivocaba. La quietud invadió Thornfield Hall de nuevo; en menos de una hora cesaron todos los murmullos y la casa quedó tan silenciosa como un desierto. El poder del sueño habÃa recuperado su imperio. Mientras tanto, la luna menguaba: estaba ya a punto de desaparecer. No era agradable permanecer sentada en medio de la frÃa oscuridad, asà que opté por tumbarme en la cama vestida. Abandoné la ventana y caminé sobre la alfombra sin hacer ruido. Cuando me agachaba para quitarme los zapatos, una mano golpeó la puerta con suavidad.
—¿Alguien pregunta por m� —pregunté.
—¿Está levantada? —preguntó la voz que esperaba oÃr, es decir, la del señor.
—SÃ, señor.
—¿Y vestida?
—SÃ.
—Salga en silencio.
Le obedecÃ. El señor Rochester me esperaba al otro lado de la puerta, con una vela en la mano.
—La necesito —susurró—. SÃgame. No tenga prisa y, sobre todo, no haga ruido.