Jane Eyre
Jane Eyre Y así, alternando el elogio con el sarcasmo, logró que todos volvieran a sus dormitorios. No esperé a que me ordenara retirarme; lo hice sin que nadie se diera cuenta de ello, de la misma forma que había salido.
Sin embargo, no me acosté. Al contrario, empecé a vestirme. Era muy probable que hubiera sido la única en oír el barullo de golpes y exclamaciones que siguió al grito, ya que estos procedían de la habitación que estaba justo sobre la mía. Pero sí podía afirmar con seguridad que no pertenecían a la pesadilla de ninguna criada y que, por tanto, la explicación que él había dado no era más que una excusa inventada para serenar los ánimos. Me vestí, pues, para atender cualquier emergencia y me senté junto a la ventana; estuve observando los campos silenciosos teñidos de plata, mientras esperaba que algo sucediera, sin saber muy bien qué. Tenía el presentimiento de que las emociones de la noche no habían acabado todavía.