Jane Eyre
Jane Eyre Los caballeros aparecieron por fin. Mason, sostenido por el señor Rochester y el cirujano, parecÃa andar con bastante facilidad. Le acomodaron en el asiento y Carter subió tras él.
—CuÃdele —dijo el señor Rochester a este último—, y téngale en su casa hasta que se haya recuperado. Iré en un par de dÃas a ver cómo se encuentra. Richard, ¿cómo vas?
—El aire fresco me sienta bien, Fairfax.
—Deje la ventana abierta por su lado, Carter. No hace nada de viento. Adiós, Dick.
—Fairfax…
—Dime.
—Deja que alguien se ocupe de ella, que se la trate con la mayor ternura, deja que… —se interrumpió y prorrumpió en sollozos.
—Hago lo que puedo: lo he hecho hasta ahora y seguiré haciéndolo en el futuro —respondió.
Y, dichas estas palabras, el señor Rochester cerró la puerta del coche; el vehÃculo se alejó.
—¡Ojalá Dios pusiera fin a todo esto! —añadió el señor Rochester mientras ajustaba la pesada verja del patio.