Jane Eyre
Jane Eyre Después caminó con aire ausente y paso lento hacia la puerta del muro que bordeaba el huerto. Creyendo que mi presencia allà ya no era requerida, me dispuse a volver a la casa; sin embargo, oà que me llamaba. Acababa de abrir la puerta y parecÃa esperarme.
—Venga a tomar un poco de aire fresco —dijo—. Esta casa parece un calabozo, ¿no cree?
—A mà me parece una mansión espléndida, señor.
—El brillo de la inexperiencia la deslumbra —repuso él— y hace que la vea a través de un velo hechizado: no es capaz de discernir que el oro es en realidad barro, que las cortinas de seda no son más que telarañas, que el mármol es en verdad pizarra sórdida y las maderas nobles, simples virutas de corteza basta. En cambio, aquà —señaló el recinto arbolado en el que nos encontrábamos— todo es real, dulce y puro.