Jane Eyre
Jane Eyre Deambulaba por un sendero bordeado de boj, con manzanos, perales y cerezos en un lado, y en el otro una profusión de flores pasadas de moda: alhelÃes, minutisas, primaveras y pensamientos, que se alternaban con magnolias, escaramujos y otras hierbas aromáticas. Estaban en su momento de mayor frescor: acababan de recibir las lluvias de abril y, en una magnÃfica mañana primaveral, se abrÃan radiantes para acoger los inminentes rayos de sol que despuntaban desde el este encapotado, arrancando destellos a las gotas que el rocÃo habÃa depositado sobre los árboles y en los senderos que surcaban el huerto.
—Jane, ¿quiere una flor?
Cogió un capullo de rosa, el primero del rosal, y me lo ofreció.
—Gracias, señor.
—¿Le gusta este amanecer, Jane? ¿Ese cielo poblado de nubes altas y ligeras, que se desvanecerán cuando el sol caldee el dÃa, este ambiente plácido y sereno?
—SÃ, mucho.
—Ha vivido una noche extraña, Jane.
—SÃ, señor.
—Y por eso ahora está pálida. ¿Tuvo miedo cuando la dejé a solas con Mason?
—TemÃa que alguien saliera del cuarto del fondo.