Jane Eyre
Jane Eyre —Ya lo veo. Advierto una sincera alegrÃa siempre que me ayuda en algo, se aprecia en su rostro cuando hace algo que me es útil o me complace, cuando trabaja junto a mà o para mà en lo que usted llama, «algo que sea correcto». Porque si le pidiera un favor que usted considerara erróneo, no habrÃa corredizas silenciosas, ni manos prestas a colaborar, ni miradas alegres, ni semblantes satisfechos. Mi amiga se volverÃa hacia mÃ, silenciosa y pálida, para decir: «No, señor. Eso es imposible. No puedo hacerlo, no está bien». Tan impasible como una estrella fija en el cielo. Bien, también usted tiene poder sobre mà y podrÃa injuriarme, asà que no le mostraré cuál es mi punto vulnerable, por miedo a que su fe y su amistad hacia mà se esfumen de repente.
—Si lo que le asusta del señor Mason es comparable con el temor que siente de mÃ, señor, está usted totalmente a salvo.
—¡Que Dios lo quiera! Jane, aquà hay un lugar donde sentarse.
Ese lugar no era más que un arco de la pared, cubierto de hiedra, del que salÃa un asiento rústico. El señor Rochester se sentó dejando espacio para que yo también lo hiciera, pero yo seguà de pie frente a él.
—Siéntese —dijo—; hay banco suficiente para ambos. No le importa sentarse a mi lado, ¿verdad? ¿Ve algo incorrecto en ello?