Jane Eyre

Jane Eyre

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Quiso saber si era feliz en Thornfield Hall y cómo era la señora de la casa. Cuando le dije que era un amo, me preguntó si me gustaba. Le dije que era un hombre bastante feo, pero todo un caballero, que me trataba con gentileza, y que, por tanto, estaba contenta. Después pasé a describir la alegre compañía que habíamos tenido en las últimas semanas, detalles que Bessie escuchó con atención pues eran precisamente la clase de acontecimientos que le interesaban.

La conversación era tan amena que transcurrió una hora sin que me diera cuenta. Entonces Bessie me devolvió el sombrero y el abrigo, y juntas nos dirigimos hacia la casa. También a su lado, nueve años atrás, había bajado por el mismo sendero que ahora subía. Aquella oscura, húmeda y dura madrugada de enero abandoné un techo hostil con el corazón embargado de desesperación, llevando en mis carnes el recuerdo de la marginación y los constantes castigos sufridos, para buscar cobijo en los helados muros de Lowood, un lugar remoto y desconocido. Ante mí se alzaba ahora el mismo techo hostil: mis perspectivas eran inciertas, y el corazón aún se me encogía. Seguía sintiéndome como una vagabunda en la faz de la tierra, pero había aumentado la seguridad que tenía en mí misma y en mis capacidades, y había disminuido el temor a ser oprimida. Las heridas del pasado ya estaban casi curadas y la llama del resentimiento se había extinguido.


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