Jane Eyre
Jane Eyre En este momento entró Robert, y Bessie dejó al bebé en la cuna para ir a darle la bienvenida. Después insistió en que me quitara el sombrero y tomara una taza de té: según ella, mi rostro denotaba fatiga. Acepté de buen grado su ofrecimiento y dejé que me despojara de la capa y el sombrero con la misma mansedumbre con que me dejaba desvestir por ella cuando era una niña.
Los recuerdos me asaltaron con rapidez al verla moverse por la casa, disponiendo el servicio de té en la bandeja, cortando rebanadas de pan con mantequilla, tostando las galletas y, de vez en cuando, dando algún cachete a Robert o a Jane, exactamente como solía hacer conmigo en el pasado. Bessie conservaba el genio vivo, los pies ligeros y el buen aspecto de antes.
El té ya estaba listo y fui a servirme en la mesa, pero ella me ordenó en su habitual tono exigente que me quedara sentada junto al fuego. Ella misma me trajo una pequeña bandeja redonda con la taza y un plato de galletas, exactamente igual que solía hacer en la sala de juegos, cuando robaba para mí alguna golosina de la despensa. Le respondí con la misma sonrisa y docilidad de antaño.