Jane Eyre

Jane Eyre

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Llegaba a la portería de Gateshead a las cinco de la tarde del día uno de mayo. Pasé por allí antes de ir a la casa principal. Estaba muy limpia y ordenada: blancas cortinas colgaban de las ventanas, no había una sola mancha en el suelo, los metales habían sido bruñidos y el fuego ardía con ganas. Bessie estaba sentada frente a la lumbre, alimentando al menor de sus hijos, mientras Robert y su hermana jugaban apaciblemente en un rincón.

—¡Que Dios la bendiga! ¡Sabía que vendría! —exclamó la señora Leaven al verme.

—Claro que sí, Bessie —dije, después de besarla—. Solo espero no haber llegado demasiado tarde. ¿Cómo está la señora Reed? ¿Aún vive?

—Sí, está viva. Y se encuentra un poco mejor: su mente está más lúcida. El doctor dice que puede durar aún una o dos semanas, pero no cree que logre salir de esta.

—¿Ha vuelto a mencionarme?

—Esta misma mañana habló de usted, diciendo que deseaba que viniera, pero ahora duerme, o al menos dormía hace unos diez minutos cuando subí a verla. Suele pasarse toda la tarde sumida en una especie de letargo y no se despierta hasta las seis o las siete. ¿Desea descansar un rato aquí, señorita Eyre? Luego yo misma la acompañaré arriba.


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