Jane Eyre
Jane Eyre —Adiós, señor Rochester. Hasta pronto.
—¿Y qué debo decir yo?
—Lo mismo, señor, si le parece oportuno.
—Adiós, señorita Eyre. Hasta pronto. ¿Eso es todo?
—Sí.
—Me parece seco, doloroso y austero. Me gustaría añadir algo más a este rito. Un apretón de manos… Pero no, tampoco me convence. ¿Así que nos despedimos con un simple «adiós», Jane?
—Es suficiente, señor: una sola palabra puede contener más buenos deseos que cientos de ellas.
—Tiene razón, pero «adiós» es una expresión tan fría, tan vulgar…
«¿Cuánto tiempo más seguirá apoyado en la puerta? —me pregunté—. Quiero empezar a preparar el equipaje.» Por fortuna, el repentino sonido del timbre de la cena le hizo marcharse sin añadir nada más. No volví a verle en todo el día y partí antes de que se levantara a la mañana siguiente.