Jane Eyre
Jane Eyre La señora Reed no tardó en recobrar la calma: me sacudió con más fuerza, me propinó un buen par de bofetones y me dejó encerrada sin decir una sola palabra más. Bessie me dirigió un sermón de más de una hora en el que demostró que yo era la niña más perversa y desagradecida que jamás había existido. Los malos sentimientos que sentía brotar de mi pecho casi lograron convencerme de que tenía razón.